¿Cuándo se deja de ser joven para convertirse en adulto? Algunos arriesgarán que cuando se cobra el primer sueldo; otros, lo atribuirán a la primera piña en serio que pega la vida (aunque, si fuera por eso, habría varios adultos casi niños). Incluso, algún mail meloso que anduvo por internet hace algunos años afirmaba que ese momento llegaba cuando uno decidía cebarse el primer mate solo.
Pero no; ni lo uno ni lo otro. Uno empieza a ser adulto cuando sorprende a un amigo: "vamos a tomar un feca". En ese momento, algo cambia. Es probable que la respuesta sea: "¡Uhh, qué viejo!, hagamos una birra". Y sí, no todos nos volvemos adultos al mismo tiempo.
Es que preferir un café implica buscar una excusa para conversar o quedarse hasta las dos de la mañana con la mirada perdida en la calle (a sabiendas de que el despertador va a sonar irremediablemente a las 7). Es una necesidad de intimidad con uno mismo y, al mismo tiempo, de abrir un espacio del alma en la urgencia por compartir algunos minutos con alguien a quien se quiere.
Porque, al principio, nadie se fija si el café está bueno o si es solamente agua caliente con un poquito de color. Lo importante es que funciona como un semáforo en rojo para el ímpetu de la juventud. Es esa necesidad de pisar el freno unos minutos y sentir que la vida va pasando despacio, como la gente que camina alrededor de la mesa en la que humea el pocillo.
Al fin y al cabo, uno se da cuenta de que no tiene sentido apurarse: ¿de qué vale recorrer a los trancos un camino que cada día se hace más corto?